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Mensaje  Manowar el Dom 5 Oct 2008 - 10:34

"Caían cristales como guillotinas"




Minutos antes de que hiciera explosión la bomba colocada por ETA pasada la medianoche de ayer en los juzgados de Tolosa, dos camareras del restaurante Frontón preparaban para el día siguiente una mesa para quince comensales. Las dos se quedaron de piedra al ver que los cristales de la claraboya que hasta hace pocos minutos habían tenido sobre sus cabezas se despedazaban y caían sobre esa mesa como consecuencia de la explosión. Igual de atónitos se quedaron los veinte comensales que disfrutaban aún de la velada.

"Los cristales cayeron como guillotinas. No ha pasado nada de milagro. Si la bomba la hubieran colocado hoy, que tenemos 150 personas para cenar, habría sido una tragedia", comentaba Ana Etxeberria, una de esas camareras.

No es la primera vez que en el emblemático edificio racionalista donde se aloja este restaurante se vive un golpe de estas características. En la cafetería Frontón, ubicada en la planta baja, dos miembros de ETA dispararon el 29 de julio del año 2000 dos tiros en la nuca al militante socialista Juan María Jáuregui, ex gobernador civil de Gipuzkoa.

A pesar de su semblante sereno y de la templanza con la que Ana narraba lo ocurrido ayer, confesó haber pasado una de las peores noches de su vida. "Tengo el susto en el cuerpo", comentó. Las marcas del parqué daban fe de la fuerza con la que cayeron los trozos de cristal, que destrozaron buena parte de la vajilla de la mesa recién preparada en este comedor de estilo modernista. Según Ana, pese a que habían oído los avisos por megafonía de la Ertzaintza, no les dieron importancia. "No imaginábamos que la bomba pudiera afectarnos. Por suerte, todo ha quedado en una anécdota", afirmó.

Como Ana, otra de las personas que conservará un tiempo el susto en el cuerpo es el vigilante de seguridad de los juzgados, que escuchó el aviso de desalojo de la Ertzaintza con el tiempo justo de salir del recinto antes de que explotara la bomba. Viendo desfilar las imágenes de las distintas cámaras de seguridad del juzgado, poco podía imaginar que mientras revisaba otras zonas dos individuos habían aprovechado para colocar la mochila cargada de explosivos en un lateral del inmueble.

cinco kilos ETA demostró ayer que con tan sólo cinco kilos de explosivo es capaz de acaparar la atención y poner patas arriba un pueblo. La bomba de Tolosa no fue tan potente como las últimas colocadas en Vitoria, Ondarroa y Santoña -100 kilos-, pero puso en riesgo la integridad física de varias personas. El puro azar impidió que el atentado alcanzara mayores dimensiones.

Decenas de curiosos se acercaron a los juzgados para comprobar lo sucedido, aunque el cordón policial les impidió llegar a primera línea. Asimilado el susto, los afectados enumeraban con resignación los daños sufridos. Algunos aseguraron haber pasado parte de la noche en vela, tras ser despertados a golpe de timbre por la Ertzaintza, que les conminó a que permanecieran a resguardo.

Eva dijo haber oído la explosión entre sueños. "Fue un boom y después hubo un silencio total", describió. No le dio importancia y siguió durmiendo. Ayer, comprobó que su coche era uno de los veinte dañados en el atentado. "Tengo los cristales rotos. Es una faenilla, porque lo necesito para trabajar. Qué le vamos a hacer", comentó.

En la sede de Seguros Catalana Occidente tapaban con una madera el hueco dejado por un cristal blindado que no resistió la explosión. "Hasta hoy por la mañana no nos hemos enterado de lo ocurrido", señaló una empleada de la oficina.

Un vecino de la calle Jardines Árbol de Gernilka aseguró que al oír las sirenas pensó que se había producido algún robo, porque últimamente ha habido varios en la zona, pero al escuchar la explosión sus sospechas se dirigieron a los juzgados. "Aquí están así cada dos por tres", dijo. Su saldo de desperfectos: tres cristales rotos.

Otro vecino de la calle, Vixente, abrió las puertas de su casa a este periódico para mostrar las grietas que abrió en su piso la explosión, que combó los marcos de sus ventanas. "Yo he podido dormir algo. Mi mujer lo ha pasado peor. Esto es el cuento de nunca acabar", lamentó.

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